miércoles, 27 de enero de 2016

En defensa del buen cine español

No seré yo quien niegue que en España se han hecho películas mediocres, absurdas, aburridas e incluso vergonzosas, pero cuando se habla en términos de cine es necesario intentar profundizar más allá del tópico generalizado. Es muy fácil criticar “el cine español” en abstracto, sobre todo cuando esta crítica se basa en el visionado de con suerte 15 películas entre las que probablemente se encuentren Torrente, tres de Belén Rueda, Ágora gracias a un profesor de historia con pocas ganas de hablar y quizás alguna sobre la Guerra Civil.

Diamond Flash, Carlos Vermut (2011)./ vimeo.


A pesar de los casi cuarenta años de dictadura franquista que nos dejaron obras tan anecdóticas como la delirante Raza (J. L. Sáenz de Heredia, 1942), la filmografía de nuestro país cuenta con aportaciones muy interesantes desde sus inicios. Con el empuje del movimiento surrealista y el auge de las vanguardias de principios del siglo pasado se crearon obras tan emblemáticas como Un perro andaluz (Luis Buñuel y Salvador Dalí, 1929) o La edad de oro (L. Buñuel, 1930) embajadoras de la experimentación cinematográfica. Durante la guerra y los primeros años de la dictadura la producción disminuyó y prácticamente se redujo a las necesidades propagandísticas del régimen o películas para la reafirmación de la cultura española (Serenata Española, de Juan de Orduña, 1947, sobre la vida de Isaac Albéniz), pero con la progresiva apertura de la dictadura fueron posibles, a partir de los años 60, películas como  El espíritu de la colmena (Victor Erice, 1973) o El verdugo (Luis García Berlanga, 1964), una recreación irónica de las contradicciones del régimen y un grito contra la pena de muerte.

Desde la transición democrática diversas críticas se ciernen sobre el panorama español: la excesiva explotación de la Guerra Civil, el poco presupuesto, las subvenciones mal empleadas, el cine social “aburrido” y la comedia mediocre que para muchos representan la calidad de nuestro cine en una visión muy simplificada de la realidad. Partiendo de lo absurdo de asociar la historia fílmica de un país a tres décadas de la misma, hacerlo basándose en 20-30 títulos es el equivalente a juzgar el cine estadounidense de los últimos años sólo a partir de las producciones de Universal Studios (American Pie, Endless love, Mamma mia).

A partir de 1975 comienza a desarrollarse un discurso social con el auge del cine quinqui, en un retrato de la convulsa España de la época y los excesos a los que se sometían los jóvenes de la nueva democracia, retratados en películas como Perros Callejeros (Jose Antonio de la Loma, 1977) o El Pico (Eloy de la Iglesia, 1983). Además, Luis Buñuel continuaría su producción tras su etapa en el exilio mexicano con películas franco-españolas como El discreto encanto de la burguesía (1972) y surgirán trabajos ligados a la Movida Madrileña, en la que Pedro Almodóvar se posicionará como el director más destacado (Mujeres al borde de un ataque de nervios, 1988).