sábado, 28 de noviembre de 2015

No más de cuatro sílabas, por favor.

El lenguaje no existe si no para ser usado. Tenemos una lengua rica en miles de términos cada vez más y más concretos que nos permiten definir incluso los átomos más pequeños que la vista no puede apreciar, hemos llegado al punto del conocimiento en el que cada concepto con el que nos damos de bruces tiene no sólo nombre y apellidos, sino incluso connotaciones susceptibles al momento, emisor o canal, y hasta varias acepciones diferentes para cada campo de estudio. 

"Discutiendo La divina Comedia con Dante", Dai DuduLi Tiezi y Zhang Anpero (2006).

La realidad se divide en infinitas parcelas que incansablemente tratamos de abarcar con palabras. Intentamos con tenacidad encerrar (y miren sin yo quererlo qué connotación tan negativa) en nuetro marco humano la totalidad de nuestro entorno mediante el lenguaje, quizás simplemente para creernos con más control sobre este "todo" que nos rodea.  Poco a poco, con el avance de la historia, conseguimos términos para las más pequeñas y grandes cosas, para el estudio de nuevos conceptos y la normalización de nuevas realidades que paulatinamente se presentan frente a nosotros, pero de nada serviría este inmenso conocimiento si no conseguimos acercarlo a las personas.

La futilidad marcaría todos los pasos de la humanidad si no pueden ser comprendidos por quienes van a disfrutar de ellos, ahora y siempre. Por ello, desde el mismo instante en que aparece una nueva parcela de "lo existente" -de lo que, no seamos arrogantes, aún no conocemos ni la parte equivalente a un terroncito de azúcar- debemos ser capaces no sólo de nombrarlo y explicarlo a lo más allegadoas a su descubrimiento, si no a todas las personas interesadas en abrirse paso a una nueva forma de mirar y ver. 

No se me malinterprete con ésto, pues hace algunas semanas el periodista Jorge Bustos denunciaba "en cuanto usas más de 500 palabras ya te llaman pedante" y no podría estar más de acuerdo con su desencanto. El acercamiento a las ciencias en su más amplia concepción debe ser una posibilidad para todos, hayan o no dedicado años de su vida al estudio de esa materia, pero no con esto quiero decir que debamos regalar el conocimiento a la desidia de la vaguedad, si no todo lo contrario. 

Es nuestro deber acercar la cultura al público, sí, pero sería una grave irresponsabilidad asumir la estulticia de éste y banalizar los conocimientos hasta el punto de volverlos irreconocibles. Al igual que no se puede explicar a Hegel sin antes pasar por Descartes o no podemos comprender armonía sin bases de solfeo, todos los conocimientos requieren un proceso, con independencia de su fin divulgativo. No debemos, por tanto, relajarnos en el lenguaje del ciudadano medio, pues ¿qué favor estaríamos haciéndole? No sólo somos capaces de dar uso a nuestro acervo lingüístico, sino que también podemos -y debemos- divulgarlo junto con el conocimiento que nos ocupe.

No nos rebajemos, ni a nosotros mismos ni a los demás, a un conocimiento incompleto. Busquemos la comprensión, por supuesto, pero no dejemos que la obsolescencia de la cultura que estamos viviendo se pase también al periodismo especializado. 

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