martes, 19 de abril de 2016

La metáfora en el cine (II): “Sedmikrásky” (Daises).

La sociedad de la checa Vêra Chytilova queda sutil pero punzantemente expuesta en esta película que, además de contar con una de las fotografías más hipnóticas de la historia del cine, encierra infinitas connotaciones que supusieron su censura en la República Socialista de Checoslovaquia. Dos Lolitas soviéticas (Marie I y II) concluyen que en vista de la sociedad corrupta imperante ellas deben estarlo también, activándose así el mecanismo que pone en marcha una escena inconexa tras otra en las que las protagonistas desafían el orden de su entorno.


(ojo spoilers. La peli se puede descargar en kat.cr) 

En un visionado superficial puede parecer que la película no es más que un conjunto de planos bonitos en los que dos chicas bonitas provocan situaciones a cada cual más aleatoria, pero Sedmikrásky no puede ser más diferente, ¿por qué si no iba a ser censurada? Resulta obvio que detrás de esa estética naïf hay algo que incomoda, que transgrede más allá de “otra película de autor”. 

Las hirientes metáforas no tardan en aparecer, pues durante los créditos iniciales podemos observar cómo se intercalan escénicas bélicas, justo antes del primer plano, sencillo, en el que aparecen las dos Maries en bikini tomando el sol y moviéndose como muñecas, articuladamente, mecánicamente en una comparación entre el mecanicismo de la guerra y la alienación social: ellas son autómatas, como los soldados; sus actos no son suyos si no fruto de una convención social estipulada que las hace actuar de ese modo: “I can’t do anything. A doll. I’m a doll. You understand?” Aquí es donde las protagonistas llegan a la siguiente conclusión, “the world has gone bad”, por lo que si el mundo está descarriado, ellas no tienen por qué seguir siendo correctas, también se “descarriarán”. 


El simbolismo de la pérdida de fe en la sociedad se desarrollará durante toda la película; las chicas dejan de comportarse como muñecas articuladas para pasar a comportarse libremente, siguiendo sus primeros impulsos; la escena deja de desarrollarse en blanco y negro para dejar paso al color y a la libertad: se cuelan en eventos, engañan a desconocidos, destrozan fiestas e incluso su propio apartamento; lo destrozan todo, y con ello los clichés sobre el buen comportamiento. 

La directora nunca quiso posicionarse respecto al mensaje de la película, en especial respecto a ciertos temas, quizás lo esperado teniendo en cuenta que, al contrario que muchos en su situación, nunca se exilió, pero resulta curioso el hecho de que a lo largo de toda la película ningún hombre tiene voz ni voto, ni puede conseguir que las chicas actúen sometidas a su poder; es más, ellas se aprovechan continuamente de hombres, utilizándolos como mero puente para llevar a cabo sus planes, a cual más extravagante. ¿Checoslovaquia, 1966? 


En la escena final de la película, tras disfrutar copiosamente de un festín al que no estaban convidadas, las protagonistas deciden que es necesario destruir la destrucción causada, darle otra vuelta a la rebelión, por lo que se disponen a intentar arreglar todos los desbarajustes que han causado. Aquí será cuando se den cuenta de que no todo se puede arreglar, ya que lo único que consiguen dejar intacto de nuevo es su apartamento. En cualquier caso, al terminar su empresa, se sienten felices, exhaustas pero realizadas al haber conseguido volver a establecer el “orden” de un modo libre, y es aquí donde se da el mayor simbolismo de esta película que no es si no una metáfora en sí misma: la lámpara que se cierne sobre sus cabezas, ya en medio de la paz, se descuelga mientras ellas gritan horrorizadas, justo antes de volver a intercalar planos bélicos, estableciendo aquí lo efímero del trabajo –ya sea por el caos o por la armonía- de los seres humanos en cuanto a la sociedad: los destrozos ocasionados no durarán para siempre, la “corrupción” del mundo siempre terminará por imponerse ante los actos de un solo individuo, ya que una o dos personas, no importa cuán grande sea su rebeldía, no podrán cambiar el curso de las cosas. Un final desalentador, pero que sin duda hace aún más ahínco en la concepción absurda de la sociedad de la autora; tras tanto esfuerzo en favor tanto de la destrucción como del orden, todo el trabajo queda reducido a la nada por un mero golpe de azar.

BÁRBARA ARANGO SERRANO.

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